Navajazo: Pellizcar a un genio

Ahora que la nación sacudida en sus entrañas ha recobrado el equilibrio; ahora que los gaiteros de San Jacinto, los contrabandistas de la Guajira, los arroceros del Sinú, las prostitutas de Guacamayal, los hechiceros de la Sierpe y los bananeros de Aracataca han colgado sus toldos para restablecerse de la extenuante vigilia, y que han recuperado la serenidad y vuelto a tomar posesión de sus estados el presidente de la República y sus ministros y todos aquellos que representaron al poder público y a las potencias sobrenaturales en la más espléndida ocasión funeraria que registren los anales históricos; ahora que el Sumo Pontífice ha subido a los Cielos en cuerpo y alma, y que es imposible transitar en Macondo a causa de las botellas vacías, las colillas de cigarrillos, los huesos roídos, las latas y trapos y excrementos que dejó la muchedumbre que vino al entierro, ahora es la hora de recostar un taburete a la puerta de la calle y empezar a contar desde el principio los pormenores de esta conmoción nacional, antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores.

Los funerales de la Mamá Grande, 1962

Gabriel García Márquez

No hay mejor entrada para este recuerdo.

Palabras de aquel que se recuerda, del modo en el que se le va a recordar. De aquel que definía y magistraba sus cuentos con el primer párrafo.

Hace años que terminé de leer su obra, hace años que padezco su inspiración. Incluso cuando menos se nota. Mi vocación enraíza en sus páginas, las cuales pellizqué una y otra vez durante mágicas lecturas, allá por la convulsión de la adolescencia o en el remanso que no acaba de llegar con la postrera juventud. Los pasajes que más me fascinaban y las verdades más lúcidamente abrumadoras las marcaba, estigmatizando el libro en las esquinas inferiores. Ahora, mucho después y por la más odiosa de las razones, busco esos pellizcos de genialidad, los recopilo como homenaje y me deleito nuevamente con ellos. Porque pellizcar a un genio es lo más parecido a asomarse a la eternidad.

Treinta pellizcos son los escogidos, rastreados por toda su piel de papel y tinta, para celebrar los funerales del Papá Grande, quien se maldijo por la paradoja de leer crónica de su muerte anunciada, llorada por ojos de perros azules y otros demonios, generales perdidos, putas tristes en su memoria y doce peregrinos, que aún buscan al que falta para redondear la mala suerte y encontrar explicación a la desgracia, sin saber que la razón no la hallarán en el laberinto de la providencia sino en la hojarasca del tiempo, donde el genio ya dictó condena de soledad, un siglo que ya empezamos a cumplir sin la esperanza final de recuperarle; todo será amor y cólera en los tiempos de la pérdida, porque ahora el mundo no tiene quien le escriba.

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Las paredes de madera tienen una apariencia deleznable. Parecen construidas con ceniza fría y apelmazada. Cuando el agente golpea el picaporte con la culata del fusil, tengo la impresión de que no se abrirán las puertas. La casa se vendrá abajo, desmoronadas las paredes pero sin estrépito, como un palacio de ceniza se derrumbaría en el aire. Creo que a un segundo golpe quedaremos en la calle, a pleno sol, sentados, con la cabeza cubierta de escombros. Pero al segundo golpe la ventana se abre y la luz penetra en la habitación; irrumpe violentamente, como cuando se abre la puerta a un animal sin dirección, que corre y husmea, mudo; que rabia y araña las paredes, babeando, y retorna después a echarse, pacífico, en el rincón más fresco de la trampa.

La hojarasca

1954

A veces creía que Meme iba a llorar mientras hablaba. Pero se mantuvo firme, satisfecha de estar expiando la falta de haber sido feliz y haber dejado de serlo por su libre voluntad. Después sonrió. Después se estiró en el asiento y se humanizó por completo. Fue como si hubiera sacado mentalmente las cuentas de su dolor, cuando se inclinó hacia adelante, vio que aún le quedaba un saldo favorable en los buenos recuerdos, y sonrió entonces con su antigua simpatía amplia y burlona.

La hojarasca

1954

Hay un minuto en que se agota la siesta. Hasta la secreta, recóndita, minúscula actividad de los insectos cesa en ese instante preciso; el curso de la naturaleza se detiene, la creación tambalea al borde del caos y las mujeres se incorporan, babeando, con la flor de la almohada bordada en la mejilla, sofocadas por la temperatura y el rencor; y piensan: <<Todavía es miércoles en Macondo.>> Y entonces vuelven a acurrucarse en el rincón, empalman el sueño con la realidad, y se ponen de acuerdo para tejer el cuchicheo como si fuera una inmensa sábana de hilo elaborada en común por todas las mujeres del pueblo.

La hojarasca

1954

El señor Carmichael puso el paraguas en el rincón. Era un negro viejo, de piel lustrosa, vestido de blanco y con pequeñas aberturas hechas a navaja en los zapatos para aliviar la presión de los callos.

             ─Es solo mientras se seca.

             Por primera vez desde que murió su esposo, la viuda abrió la ventana.

             ─Tantas desgracias, y además este invierno ─murmuró, mordiéndose las uñas─. Parece que no va a escampar nunca.

             ─No escampará ni hoy ni mañana ─dijo el administrador─. Anoche no me dejaron dormir los callos.

             Ella confiaba en las predicciones atmosféricas de los callos del señor Carmichael. Contempló la placita desolada, las casas silenciosas cuyas puertas no se abrieron para ver el entierro de José Montiel, y entonces se sintió desesperada con sus uñas, con sus tierras sin límites, y con los infinitos compromisos que heredó de su esposo y que nunca lograría comprender.

             ─El mundo está mal hecho ─sollozó.

          Quienes la visitaron por esos días tuvieron motivos para pensar que había perdido el juicio. Pero nunca fue más lúcida que entonces. Desde antes de que empezara la matanza política ella pasaba las lúgubres mañanas de octubre frente a la ventana de su cuarto, compadeciendo a los muertos y pensando que si Dios no hubiera descansado el domingo habría tenido tiempo de terminar el mundo.

           Ha debido aprovechar ese día para que no le quedaran tantas cosas mal hechas ─decía─. Al fin y al cabo, le quedaba toda la eternidad para descansar.

        La única diferencia, después de la muerte de su esposo, era que entonces tenía un motivo concreto para concebir pensamientos sombríos.

La viuda de Montiel

(Cuento perteneciente al libro Los funerales de la Mamá Grande, 1962)

1962

El coronel la persiguió con una mirada completamente inconsciente. Ella habló en la penumbra cuando cerró la ventana.

              ─¿Usted sueña con frecuencia?

              ─A veces ─respondió el coronel, avergonzado de haber dormido─. Casi siempre sueño que me enredo en telarañas.

             ─Yo tengo pesadillas todas las noches ─dijo la mujer─. Ahora se me ha dado por saber quién es esa gente desconocida que uno se encuentra en los sueños.

           Conectó el ventilador eléctrico. <<La semana pasada se me apareció una mujer en la cabecera de la cama>>, dijo. <<Tuve el valor de preguntarle quién era y ella me contestó: Soy la mujer que murió hace doce años en este cuarto.>>

              ─La casa fue construida hace apenas dos años ─dijo el coronel.

              ─Así es ─dijo la mujer─. Eso quiere decir que hasta los muertos se equivocan.

            El zumbido del ventilador eléctrico consolidó la penumbra. El coronel se sintió impaciente, atormentado por el sopor y por la bordoneante mujer que pasó directamente de los sueños al misterio de la reencarnación.

El coronel no tiene quien le escriba

1961

Lo condujo al dormitorio donde estaba su marido sentado en la cama tronal, en calzoncillos, fijos en el médico los ojos sin color. El coronel esperó hasta cuando el médico calentó el tubo de vidrio con la orina del paciente, olfateó el vapor e hizo a don Sabas un signo aprobatorio.

               ─Habrá que fusilarlo ─dijo el médico dirigiéndose al coronel─. La diabetes es demasiado lenta para acabar con los ricos.

El coronel no tiene quien le escriba

1961

Puso en su rebeldía todo ese poco de vigor que aún le quedaba después de su pasado vacilante. Sin embargo, ahora podía saber que la lucha fue inútil. De nada le valió defenderse como una fiera en retirada y mostrar sus colmillos de perro malherido a los fantasmas del miedo. De nada le valió arrastrarse con las vísceras rotas para ahuyentar los cuervos de la lujuria. Trató de apostarse tras el baluarte de su infancia. Trató de levantar entre su pasado y su presente una trinchera de lirios. Pero fue inútil su lucha, como fueron inútiles los mordiscos que le dio a la tierra de los gusanos para sentir en su lengua esa tibia humedad que no tuvo la leche de su madre.

Tubal-Caín forja una estrella

(Cuento perteneciente al libro Ojos de perro azul)

 1948

 

Allí, frente a él, estaba el rostro, con pulso, con latidos de su propia presencia, transfigurado en un gesto, que era simultáneo, una seriedad sonriente y burlona, asomada al otro cristal húmedo que había dejado la condensación del vapor.

            Sonrió. (Sonrió.) Mostró ─a sí mismo─ la lengua. (Mostró ─al de la realidad─ la lengua.) El del espejo la tenía pastosa, amarilla: <<Andas mal del estómago>>, diagnosticó (gesto sin palabras) con una mueca. Volvió a sonreír. (Volvió a sonreír.) Pero ahora él pudo observar que había algo de estúpido, de artificial y de falso en esa sonrisa que se le devolvía. Se alisó el cabello (se alisó el cabello) con la mano derecha (izquierda), para, inmediatamente, volver la mirada avergonzado (y desaparecer). Extrañaba su propia conducta de pararse frente al espejo a hacer gestos como un cretino. Sin embargo, pensó que todo el mundo observaba frente al espejo idéntica conducta, y su indignación fue entonces mayor, ante la certeza de que, siendo todo el mundo cretino, él no estaba sino rindiéndole tributo a la vulgaridad.

Diálogo del espejo

(Cuento perteneciente al libro Ojos de perro azul)

1949

La vi caminar hacia el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al final de una ida y vuelta de luz matemática. La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia el velador, diciendo: <<Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas>>; y tendió sobre la llama la misma mano larga y trémula que había estado calentando antes de sentarse al espejo. Y dijo: <<¿No sientes el frío?>>. Y yo le dije: <<A veces>>. Y ella me dijo: <<Debes sentirlo ahora>>. Y entonces comprendí por qué no había podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad.

Ojos de perro azul

1950

 

Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza.

Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo

(Cuento perteneciente al libro Ojos de perro azul)

1955

 

No había dejado de desearla un solo instante. La encontraba en los oscuros dormitorios de los pueblos vencidos, sobre todo en los más abyectos, y la materializaba en el tufo de la sangre seca de las vendas de los heridos, en el pavor instantáneo del peligro de muerte, a toda hora y en todas partes. Había huido de ella tratando de aniquilar su recuerdo no sólo con la distancia, sino con un encarnizamiento aturdido que sus compañeros de armas calificaban de temeridad, pero mientras más revolcaba su imagen en el muladar de la guerra, más la guerra se parecía a Amaranta. Así padeció el exilio, buscando la manera de matarla con su propia muerte, hasta que le oyó contar a alguien el viejo cuento del hombre que se casó con una tía que además era su prima, y cuyo hijo terminó siendo abuelo de sí mismo.

               ─¿Es que uno no se puede casar con una tía? ─preguntó él asombrado.

           ─No solo no se puede ─le contestó un soldado─ sino que estamos haciendo esta guerra contra los curas para que uno se pueda casar con su propia madre.

         Quince días después desertó. Encontró a Amaranta más ajada que en el recuerdo, más melancólica y pudibunda, y ya doblando en realidad el último cabo de la madurez, pero más febril que nunca en las tinieblas del dormitorio y más desafiante que nunca en la agresividad de su resistencia.

Cien años de soledad

1967

Taciturno, silencioso, insensible al nuevo soplo de vitalidad que estremecía la casa, el coronel Aureliano Buendía apenas si comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.

Cien años de soledad

1967

Ángela Vicario no olvidó nunca el horror de la noche en la que sus padres y sus hermanas mayores con sus maridos, reunidos en la sala de la casa, le impusieron la obligación de casarse con un hombre que apenas había visto. […] El argumento decisivo de los padres fue que una familia dignificada por la modestia no tenía derecho a despreciar aquel premio del destino. Ángela Vicario se atrevió apenas a insinuar el inconveniente de la falta de amor, pero su madre lo demolió con una sola frase:

            ─También el amor se aprende.

Crónica de una muerte anunciada

1981

 

María Alejandrina Cervantes, de quién decíamos que sólo había de dormir una vez para morir, fue la mujer más elegante y la más tierna que conocí jamás, y la más servicial en la cama, pero también la más severa. Había nacido y crecido aquí, y aquí vivía, en una casa de puertas abiertas con varios cuartos de alquiler y un enorme patio de baile con calabazos de luz comprados en los bazares chinos de Paramaribo. Fue ella quien arrasó con la virginidad de mi generación. Nos enseñó mucho más de lo que debíamos aprender, pero nos enseñó sobre todo que ningún lugar de la vida es más triste que una cama vacía. Santiago Nasar perdió el sentido desde que la vio por primera vez. Yo le previne: Halcón que se atreve con garza guerrera, peligros espera. Pero él no me oyó, aturdido por los silbidos quiméricos de María Alejandrina Cervantes. Ella fue su pasión desquiciada, su muestra de lágrimas a los 15 años, hasta que Ibrahim Nasar se lo quitó de la cama a correazos y lo encerró más de un año en El divino rostro. Desde entonces siguieron vinculados por un afecto serio, pero sin el desorden del amor, y ella le tenía tanto respeto que no volvió a acostarse con nadie si él estaba presente. En aquellas últimas vacaciones nos despachaba temprano con el pretexto inverosímil de que estaba cansada, pero dejaba la puerta sin tranca y una luz encendida en el comedor para que yo volviera a entrar en secreto.

Crónica de una muerte anunciada

1981

Al verla así, dentro del marco idílico de la ventana, no quise creer que aquella mujer fuera la que yo creía, porque me resistía a admitir que la vida terminara por parecerse tanto a la mala literatura.

Crónica de una muerte anunciada

1981

Entonces ambos siguieron acuchillándolo contra la puerta, con golpes alternos y fáciles, flotando en el remanso deslumbrante que encontraron del otro lado del miedo.

Crónica de una muerte anunciada

1981

A los 42 años había acudido al médico con un dolor de espaldas que me estorbaba para respirar. Él no le dio importancia: Es un dolor natural a su edad, me dijo.

            ─En ese caso ─le dije yo─, lo que no es natural es mi edad.

Memorias de mis putas tristes

2004

 

Mi única explicación es que así como los hechos reales se olvidan, también algunos que nunca fueron pueden estar en los recuerdos como si hubieran sido.

Memorias de mis putas tristes

2004

[…] su método de seducción no obedecía a ninguna pauta, sino que cada caso era distinto, y sobre todo el primer paso. <<En los preámbulos del amor ningún error es corregible>> había dicho.

El general en su laberinto

1989

Uno de ellos resumió en una frase el sentimiento de todos: <<Ya tenemos la independencia, general, ahora díganos qué hacer con ella>>.

El general en su laberinto

1989

<<Nunca volveré a enamorarme>>, le confesó en su momento a José Palacios, el único ser humano con quien se permitió jamás esa clase de confidencias. <<Es como tener dos almas al mismo tiempo.>>

El general en su laberinto

1989

En sus urgencias de amor es capaz de cambiar el mundo para ir a encontrarlas. Una vez saciado le bastaba con la ilusión de seguir sintiéndose de ellas en el recuerdo, entregándose a ellas desde lejos en cartas arrebatadas, mandándoles regalos abrumadores para defenderse del olvido, pero sin comprometer ni un ápice de su vida en un sentimiento que más se parecía a la vanidad que al amor.

El general en su laberinto

1989

En uno de esos escrutinios del pasado, perdido en la lluvia, triste de esperar qué ni a quién, ni para qué, el general tocó fondo: lloró dormido.

El general en su laberinto

1989

Ningún loco está loco si uno se conforma con sus razones.

Del amor y otros demonios

1994

Ella le preguntó por esos días si era verdad, como decían las canciones, que el amor lo podía todo. <<Es verdad>>, le contestó él, <<pero harás bien en no creerlo>>.

Del amor y otros demonios

1994

<<Tenga cuidado>>, dijo […] <<A veces atribuimos al demonio ciertas cosas que no entendemos, sin pensar que pueden ser cosas que no entendemos de dios>>.

Del amor y otros demonios

1994

Esta vez fue ella quien se le rindió sin condiciones. <<¿Y ahora hasta cuándo?>>, le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: <<El amor es eterno mientras dura>>.

Doce cuentos peregrinos

1992

Ambos eran conscientes de tener tan pocas cosas en común que nunca se sentían más solos que cuando estaban juntos, pero ninguno de los dos se había atrevido a lastimar los encantos de la costumbre.

Doce cuentos peregrinos

1992

Si el comienzo más acertado para este recuerdo lo encontrábamos en su obra, el final no será diferente. El mejor escritor de todos los tiempos, alguien capaz de rellenar las rendijas de la familia colándose en las estanterías de una vida compartida, rubricó tiempo atrás la mejor de las despedidas, un final que parece adelantarse a la leyenda, en el cual parece personificarse. El mejor párrafo final de novela que se ha escrito:

Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

Cien años de soledad

1967

Gabriel García Márquez

 

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Parábola Durden

(Selección de pasajes y textos de introducción y conclusión de artículo)

P.D:  Creo que de la recopilación anterior (hecha con el único fin del puro y rendido tributo) se puede destilar la esencia de su obra. Y al mirar los temas que aborda en la mayoría de sus novelas, como el amor, la soledad, la guerra, la familia, el paso del tiempo y la vejez, las certezas de la existencia, se me antoja todo lo anterior, todos estos pellizcos de genialidad, una especie de manual mágico para la vida, para comprenderla y para vivirla, pero sobre todo para recordarla, como él mismo diría.

Categories: Navajazos al papel

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