Metralla: Un trago por toda chica o causa que Fincher considere Perdida

Crítica sin spoilers

 

Hará alrededor de dos meses, un buen amigo me habló de cierta situación digna de análisis. Mi amigo en cuestión se encuentra una tarde de verano en una terraza de cafetería tomando algo con una amiga. En un momento dado ve llegar a un grupo de tres chicas y las reconoce. Las saluda. Las chicas se sientan en una mesa próxima, frente a mi amigo. Él las observa de vez en cuándo sin demasiada intención o interés. Pronto se le antoja evidente que las chicas pasan el rato sumidas en un aburrimiento aturdidor, ancladas a sus móviles y con caras tan largas y lóbregas como pasillos de monasterio, olvidado ya por completo el motivo de celofán que las reunió inicialmente, una mera excusa para rozarse los codos con la cabeza gacha mientras creen reírse de las mismas cosas mostradas en sus pantallas. Mi amigo, su acompañante y el trío de chicas se marchan de la cafetería más o menos a la misma hora. Al llegar a casa, cuál es la sorpresa de mi amigo al descubrir en una red social numerosas fotos de las chicas tomadas en la terraza. Selfies donde ellas muestran una actitud de lo más vital y radiante. Una felicidad absoluta, inequívocamente reflejada en sonrisas hiperlaxas. Además han añadido comentarios entusiastas y palabras de amor eterno dedicadas las unas a las otras.

Ceniza antes del fuego.

Prefabricar el instante solo para poder vivirlo a posteriori, cuando la memoria sea misericordiosa con uno mismo o desde que el autoengaño se haga efectivo y logre fagocitar cualquier percepción honesta.

Mi amigo, en primer lugar, sintió extrañeza, incredulidad, para enseguida pasar a sentir una ligera náusea social. Cuando me contó la anécdota, con un tono que iba de la repulsión a la lástima solo para acabar en la más pura resignación, yo tuve una reacción especular a la suya, en cierta medida, pero después fui más allá, angustiosamente más allá. Y me hice preguntas:

¿Qué realidad es más real? ¿la que experimentamos sin sentir o la que admitimos como sentida? ¿la que dejamos escapar o la que atrapamos para siempre estampándola en un Muro virtual?

Porque ya lo dijo el personaje catalizador de Rooney Mara en La Red Social: “En internet no se escribe con lápiz, sino con tinta”. Quizás el día a día está para los borrones y buscamos con ansia un lugar donde poder pasar a limpio nuestra historia.

Y suponiendo que somos plenamente conscientes de la distorsión del momento reflejado en una fotografía semejante, ¿es más real la realidad que los otros perciben o la que vivimos a escondidas tras un telón de buenos y bien ordenados píxeles?

¿Hay realmente una diferencia?

La duda es terrorífica. Las respuestas se prostituyen entre sí ante nuestro razonamiento. El consuelo radica en buscar una certeza incuestionable en la misma línea. Una verdad universal. Y aquí va una: David Fincher es un cineasta superior y cada obra suya surge como una apasionante expresión artística de un perfeccionismo y una técnica abrumadora. De esta realidad sí que podemos estar seguros. De aquellas otras que interpretemos y juzguemos a partir de fotografías en redes sociales o a partir de los fotogramas de Perdida, el último y magnífico thriller de diseño del maestro, ya no tanto.

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En Perdida, David Fincher transita por ambientes y temas habituales en su filmografía y se adentra también en otros nuevos, nunca conformista ni acomodado a pesar de su caché. Podría resumirse diciendo que el prestigioso director busca siempre las falsas baldosas sociales y las pisa con estilo para dejarlas en evidencia ante nuestros ojos. Zarandea andamiajes de la sociedad para mostrarnos que están hechos con palillos de dientes, cordones raídos de zapatos viejos y un par de grapas. Lo consigue incluso sin pretenderlo, sin que le suponga una motivación especial o una prioridad en su obra. Pero está ahí. Es algo inherente a su cine. En La Red Social se constata la mutación irreversible sufrida por la comunicación en el siglo XXI, la competitividad instaurada en el Sistema, el filo de la navaja donde bailan a dos manos Éxito y Fracaso, el valor vergonzante del dinero frente al valor humano, el hecho trágico de percatarse tarde de esto último y perder amigos o amores por el camino. En el caso de El Club de la Lucha, todo el film es un canto Antisistema, un grito de rebeldía, un cuestiónate las cosas, capullo. Quizás la película más revolucionaria jamás hecha. En Zodiac se cuestiona la verdadera capacidad del aparato de justicia de un país puntero, entre otros aspectos, e incluso en Se7en tenemos a un John Doe para mostrarnos y echarnos en cara nuestras deformaciones sociales y conductuales, la hipocresía, la putrefacción cívica y la sorda ironía del ciudadano corriente, capaz de cometer pecados capitales a diario sin inmutarse.

Porque ya lo dijo el personaje siniestro de Kevin Spacey en la mejor película de asesinos en serie jamás hecha: “Si quieres que la gente te escuche no puedes limitarte a darles una palmadita en el hombro. Hay que usar un mazo de hierro”.

Una premisa de esencia similar ha de colocarse Fincher ante los ojos cada mañana antes de ponerse a trabajar, ya que en su cine busca ante todo la emoción del espectador, algo reconocido por él en varias ocasiones. Busca el impacto que conlleva inflar al espectador como un globo para hacerlo estallar emocionalmente en el momento preciso. Esto puede lograrse, entre otras estrategias, a través del uso de sorprendentes giros de guión, como los que se exhiben en Perdida. El más radical de todos, introducido con un fundido a negro. De ahí en adelante, la película parece otra. Realmente, es otra. Por cambiar, hasta los personajes cambian el registro del lenguaje, ofreciendo un vocabulario directo y malsonante que hasta ese instante brillaba por su ausencia. No es caprichoso; la sutileza del suspense siente de repente la aspereza de la oscura revelación. La trama toma un desvío y Fincher la conduce, versátil y al servicio siempre de la historia. Simplemente, el director responde en consecuencia, dando con la mejor forma de plasmar audiovisualmente la naturaleza de una novela con una narrativa particular, todo un reto si se conoce dicha obra literaria de partida. Sobra decir que el reto lo supera con nota, consiguiendo transmitir la compleja evolución de los personajes, unas veces con la inclusión de detalles geniales y silentes y, en mayor medida, gracias a una voz en off del todo cautivadora, totalmente imprescindible en esta ocasión (no se concibe la adaptación prescindiendo de ella).

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La secuencia que acontece a continuación de ese mencionado fundido a negro, que cae como un telón de maldad, es una de las mejores piezas internas de la película, si no es la mejor. Con la escena, al desvelarse inesperadamente gran parte del misterio, nos aparece en el rostro esa media sonrisa que cincela la sorpresa en el atónito (inevitable, aunque hayas leído el libro previamente, como es mi caso; mucho mérito cinematográfico). A medida que es arrojada a la carretera toda una colección de bolígrafos (acto con el que se deja patente la ruptura con “yos” pasados, personalidades desechables; imágenes de un simbolismo genial), la sorpresa se destila en maravillado asombro. La media sonrisa permanece.

Porque ya lo dijo el legendario personaje de Edward Norton en El Club de la Lucha: “Cambia el proyector, la película sigue rodando y nadie del público se ha enterado de nada. […] Ni el mejor detective descubriría el trabajito”.

Pues detectives en Perdida los hay, algo frecuente por otra parte en el cine del autor. Se nos enseña con verismo el procedimiento policial, pero no con el peso argumental o el grado de detalle con el que se hace en Se7en y, mucho menos, en Zodiac. Es comprensible, ya que la búsqueda de Amy, la esposa desaparecida que focaliza todo el argumento desde el comienzo, se realiza mirando en tres cajones distintos de una misma cajonera: el diario de la protagonista, las acciones de Nick (el marido) y la investigación policial, cajón este que permanece abierto en paralelo en muchas ocasiones mientras la búsqueda se realiza enfocando los otros dos. La armonía y sinergia de estas tres líneas de desarrollo en cuestiones de empaste narrativo es absoluta. Gran parte de la honrosa culpa recae en la sala de montaje, donde se realiza una labor soberbia. Y la valoración se puede hacer extensible a todos y cada uno de los aspectos técnicos, por supuesto (Fincher nos tiene mal acostumbrados y ya no esperamos menos de una obra con su firma). Las melodías de Reznor y Ross envuelven las escenas como pashminas de seda o grilletes oxidados, según su naturaleza, remarcando en una paleta sonora desde el blanco y rosa más cursi hasta el más opaco y coagulado de los rojos, y entremedias, todos los grises de la duda. La impecable fotografía presenta las tonalidades Fincherianas de siempre, la elegancia otoñal de sus amarillentos congénitos, sus dorados anémicos y sus azules desgastados. La cámara se comporta curiosa, en el mejor sentido. Se mueve lateralmente sobre raíles para provocar en el espectador la atención que demanda un barrido fugaz, o bien permanece agazapada en el sitio idóneo, a la espera de que la acción coloque ante la lente el elemento de interés. La sensación final, en cualquier caso, es que Fincher ha dosificado las viguerías visuales en una película que quizás apuntaba de inicio a públicos más amplios. La más descarada e impagable excepción a esta entrecomillada mesura es la escena de sexo que explosiona en pantalla ya avanzado el metraje, a punto de encarar su tramo final. Y expresarlo como una explosión resulta de lo más acertado, casi literal. Es como si una llama hubiera avanzado por una mecha reptilesca durante toda la película para acabar en ese dormitorio, en esa cama. Todos los componentes técnicos alcanzan aquí su máxima expresión y se conjugan para sublimar el instante. Un talento que apabulla.

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En definitiva, y teniendo en cuenta que cuanto menos se comente su trama, mejor (es de esa estirpe rara y valiosa de películas sobre las cuales lo mejor es no hablar directamente de ella a la hora de hablar efusivamente de ella, si se me entiende en la contradicción latente), Perdida es un thriller de alta confección con un desarrollo sorprendente, contado en pantalla de forma genuina por un director superclase. Suspense; giros de guión brutales; una apertura breve y contundente que es al mismo tiempo intrigante carta de presentación y anzuelo afilado lanzado a tu butaca; un final que descoloca por original y atípicamente valiente; y, sobre todo, un fascinante personaje femenino de leyenda automática, a la altura de la Kathie de Retorno al pasado o de la Matty Walker de Fuego en el Cuerpo, por citar solo a dos de las más grandes en su “condición”. Respecto a los trasfondos de la obra, tal y como he apuntado con anterioridad, aparecen el autoengaño, la podrida ilusión construida y compartida en pareja, la disruptiva percepción de realidades basada en detalles nimios pero expuestos hoy en día al prejuicio y al juicio de cualquiera, de una masa ciudadana capaz de crear de la noche a la mañana un flujo de información que puede ensalzarte o hundirte con su veredicto, corrientes de opinión sociales que pueden estar a punto de ahogarte para pasar, en un pestañeo, a elevarte como el Poseidón más adorado. Para el máximo artífice, de entre todos los temas, el que impera en la película es el concepto del matrimonio moderno (falsa baldosa) y, más concretamente, la visión hiperbólica del mismo, que sirve para retratar, por analogía edulcorada, carencias cotidianas y conyugales, detonadores escondidos bajo los techos de tantos hogares y que, de ser presionados, mostrarían real y peligrosamente quiénes somos.

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“Lo que más me interesaba de la novela era esa idea de que los miembros de una futura pareja se vean siempre obligados a refinar su identidad, a construir una imagen para seducir a una persona de la que se consideran merecedores. Toda persona se somete a esa estrategia de seducción en el juego del amor, sin caer en la cuenta de que la persona amada está haciendo lo mismo. La consecuencia de todo eso es una idea del matrimonio donde nadie es particularmente honesto sobre quién es y qué es lo que quiere en realidad”.

Palabras que me vuelven a traer a la mente las preguntas de difícil respuesta con las que abría este texto: ¿Qué realidad es más real? ¿la que experimentamos sin sentir o la que admitimos como sentida? ¿es más real la realidad que los otros perciben o la que vivimos a escondidas?

¿Hay realmente una diferencia?

¿Amy estaba más perdida durante su último año de matrimonio o cuando desaparece realmente dejando un rastro confuso tras de sí?

Palabras, las del director, propias de un clarividente social, de un intérprete del sistema, de un número uno, de un artista que, parafraseando a Picasso, usa la mentira para acercarnos la verdad.

Palabra(s) de David Fincher.

Levantemos el vaso, un trago y Amý(n).

Parábola Durden

P.D: A Nick y Amy, llegado cierto momento, les hubiera venido bien revisar a conciencia la obra del cineasta de Denver. Porque ya lo dijo el mágico personaje encarnado por Brad Pitt en El curioso caso de Benjamin Button: “Si te sirve de algo, nunca es demasiado tarde (o en mi caso, demasiado pronto) para ser quién quieras ser”.

Categories: Metralla creativa

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