Metralla: Un trago eterno por Gargantúa

Se abre el telón.

Vemos a Newton, Darwin, Kubrick y Einstein sentados en butacas de primera fila.

Un rectángulo negro y absorbente.

Una pantalla oscura e indescifrable como un agujero negro.

Acercándonos al horizonte de sucesos…

Iniciando cuenta atrás para la ignición del convencimiento.

Ignición en diez…

Por mostrarnos hasta dónde puede peraltarse una ola en un planeta con la gravedad al 130 %. Descubrir lo que es ahogarse en océanos de tiempo.

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Nueve…

Por el impacto que nos provoca una explosión silente, un susurro no dicho en la elegancia del vacío. Robar el sonido en pleno in crecento, por principio científico y principio innovador, resultando tan arriesgado como efectivo. Subir a lo más alto de una montaña rusa para descubrir en el último instante que no hay pendiente de bajada, y la impresión, por imprevisible, supera el frenesí del descenso.

Ocho…

Por el arrojo, la imaginación y la ambición creativa que hacen falta para enseñarnos, de forma fascinante y coherente dentro de la ficción, el aspecto que tendría el tiempo como dimensión física.

Siete…

Por la apuesta a cara o cruz, todo o nada, que realiza un astronauta cuando propina cabezazos desesperados a otro astronauta, escafandra contra escafandra, cristal contra cristal, la grieta pudiendo abrirse en cualquiera de los dos destinos, el abismo en cualquiera de las dos vidas.

Seis…

Por aportar la que bien pudiera ser la mejor genealogía y naturaleza de un “fantasma” jamás planteada en una obra artística, hilada su sábana en lo espiritual y forjada su cadena en lo científico.

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Cinco…

Por evidenciar las complicadas diferencias entre humano y humanidad, distinciones que surgen en el momento de sacrificar un singular por un plural. El instinto de supervivencia es demasiado fuerte y se arraiga en el individuo, no en la especie. La evolución actúa siempre sobre la población, así que llegado el momento crítico, la especie no puede contar con dicho instinto debido a la imposibilidad de compartirlo, y todo se reduce a la prerrogativa del individuo sumido en el miedo; optar por la decisión egoísta u optar por un bien mayor, incluso yendo contra natura. [El nombre de Dr. Mann para determinado personaje no es casual o caprichoso]

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Cuatro…

Por el galáctico elenco de actores a bordo, pilotados, literalmente, por un Matthew McConaughey descomunal. Carismático, pasional en su convencido y convincente papel de explorador nato y especialmente sobrecogedor en el llanto. Un llanto en el que se disuelven fascinantes matices faciales justo en el instante preciso, concatenados de forma realista en el transcurso natural de una emoción sostenida que se torna sufrimiento. Infinitos detalles interpretativos en el rostro de alguien que ya mira a la leyenda de la misma forma que al infinito: sin que le tiemble la mirada. Una vez más, literalmente.

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Tres…

Por el éxtasis sensorial que experimentamos al realizar un acoplamiento en rotación, todo belleza y adrenalina en intensa sincronía, todo arte y pericia técnica, como penetrar suave y placenteramente a una bailarina de ballet que encadena sin pausa un Foutté en Tournant tras otro, ad eternum. Toda una experiencia; toda una sublimación fílmica.

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Dos…

Por el aspecto impresionante y la embriagadora textura que adquieren las nubes congeladas; por el aspecto impresionante y la embriagadora textura que adquiere el agujero negro, aliento de luz turbia de los dioses erizando la piel negra de la inexistencia.

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Uno…

Por el empaste creativo entre ciencia, arte y humanismo usando la argamasa del entretenimiento, difícil logro alcanzado gracias a un guión original apasionante, inteligente, de un nivel cósmico. Una aventura con poesía audiovisual, poesía declamada y poesía escondida, para elevar la historia a epopeya. Entre las notas de teclado y las caricias de violín de un Hans Zimmer que realmente suena de otra galaxia, titiritero emocional que mueve los hilos atados a corazón y alma para orquestar nuestros sentimientos y emociones, se escuchan frases magistrales, fantásticas líneas de diálogo, mensajes que podemos destilar y que trascienden la obra de forma sencillamente compleja.

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Ignición…

Lágrimas idénticas resbalan por las mejillas de Newton, Darwin, Kubrick y Einstein. Newton la siente caer y duda por un instante si la verdadera fuerza que la pone en movimiento es la gravedad o la emoción, poderosa y misteriosa variable que los científicos siempre sacan de la ecuación. Darwin se replantea sus designios acerca de la evolución al considerar el alma compleja, curiosa e impredecible de la especie humana, y se cuestiona en ese momento por qué diablos todas las lágrimas son iguales proviniendo de individuos tan diferentes. Kubrick se seca con un dedo ese líquido extraño que mancha su cara y lo observa atónito como un primate que contempla un monolito, siendo confusamente consciente de lo que le ocurre, repentinamente consciente del talón de Aquiles de su obra, agriamente consciente de que un año después ha vuelto a suceder; le han superado de nuevo. “No es posible”, susurra. Einstein, a su lado, con media sonrisa pícara, parafrasea y contesta: “No, no es posible. Es necesario”. Él sabe que todas esas lágrimas ya fueron derramadas, y volverán a derramarse. Lo que no consigue relativizar es la emoción sentida, y poco le importa. El aplauso es unánime, sea incrédulo o entusiasta. En segunda fila, Dylan Thomas asiente con agrado, al igual que Joseph Conrad, quien encuentra en una pequeña y deliciosa referencia tanto motivo de orgullo como hallase años atrás al inspirar otra oscuridad y otras tinieblas en una Vietnam cinematográfica. Stendhal niega con la cabeza por no acabar de creerse que le haya vuelto a pasar lo mismo que en aquella vieja iglesia. Jodie Foster también aplaude, pero contiene malamente la pataleta; ella creía haber surcado un agujero de gusano y haber establecido contacto en el pasado y ahora se siente engañada, estafada. Spielberg le da un codazo cariñoso y le pide que se venga arriba y aplauda con más energía, como él mismo hace, orgulloso de haberse visto reflejado en detalles y reconociendo la genialidad de un recurso argumental que tiene el peso y el calado de un mensaje universal: el ellos es nosotros.

En las siguientes filas se encuentran millones de espectadores anónimos que no se adentran dócilmente en esa buena noche, la de una sala de cine antes de comenzar la proyección. Espectadores que entran con rabia, rabia, y que tras despresurizar explosivamente imaginación y sentimientos, rinden merecida ovación. Aplausos atronadores como las llamaradas de un despegue espacial. Y es que tras ser engullidos sin remedio en el interior del agujero negro que proponía el director, han encontrado sin lugar a duda la singularidad, la perla del cine que escondía. Todos en la sala, desde la primera fila a la última, levantan el vaso y brindan.

Un trago por Nolan, autor que sabe bien que no hay mejor fundido a negro que el espacio exterior; que no hay mejor fundido a negro que una pupila dilatada por la sorpresa, el deleite y la emoción.

Un trago por una obra mayúscula, cumbre y clásico instantáneo de la ciencia ficción.

Un trago por un viaje emocionante, por una historia vertiginosamente profunda.

Un trago por el entretenimiento inteligente, por el cine en su concepción más pura.

Un trago que suba y baje eternamente por Gargantúa.

Un trago porque, con mucha probabilidad, la mejor obra de este año en el séptimo arte volvemos a encontrarla allá arriba, entre las estrellas.

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Se acaba el brindis.

Se cierra el telón.

¿Cómo se llama la película?

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P.D:  Parámetro de sinceridad: al 100 %.

         Pasión: al 100 %.

         Acoplamiento: al 100 %.

        Recomendación: al 100 %.

P.D.2:

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Categories: Metralla creativa

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