Metralla: A drink for Her

 

Crítica cinematográfica sin spoilers.

Her

Spike Jonze, el director de Her, se antoja como un visionario. Le sigo el juego y me convierto en otro. Veo… veo a un puñado de personas pertenecientes a un movimiento pro-humano repartiendo flyers táctiles que reproducen Her, la película de culto abanderada por el grupo, esa diminuta minoría. Les veo dentro de no muchos años, ahí fuera, pisando las pantallas publicitarias acopladas a las alcantarillas de una ciudad de plasma y cristal, estéril y autista. Veo a ese grupo de individuos reclamando en vano la atención de ciudadanos ensimismados en vivencias virtuales, a salvo de equivocarse, a salvo de arriesgarse, a salvo de vivir. Les veo gritar a los neones que cubren el cielo y les veo luego perder la mirada abajo, tragada por esa alcantarilla tecnológica que tiempo atrás ya se tragó lo que fuimos. Ya se tragó la imperfección, ya se tragó la curiosidad, ya se tragó los pixeles reconocibles de las vestigiales y verdaderas relaciones humanas. Por último, veo a uno de ellos derramar una lágrima que cae sobre la pantalla de la alcantarilla, sobre el moflete inmaculado de una modelo publicitaria que sonríe, insensible. El chico acaba por rendirse y marcharse de esa calle atestada de copias personales idénticas, para a continuación adentrarse en un callejón, sentarse en el suelo apoyado contra la pared y ponerse de nuevo a ver Her, reproducida en un flyer de esos que no ha podido repartir. No sin antes maldecir el sensor de seguridad ciudadana que le ha iluminado en un parche de pared, destacando cruelmente su soledad en un frío escenario de fracaso. No sin antes buscar lianas a las que agarrarse en aquella jungla tecnológica de ciudad. No sin antes lamentarse de que la humanidad al completo no hubiese visto y comprendido años atrás los mensajes de la película que sostiene en sus manos.

Desde el comienzo, el film nos presenta un futuro donde las emociones auténticas han claudicado tanto ante las tramposas facilidades de la tecnología que se han convertido en sucedáneos emocionales, tan logrados y recurridos socialmente que los hemos acabado asumiendo con normalidad, con agrado. El protagonista de esta historia enclavada en un futuro cercano, un magnífico Joaquin Phoenix, se llama Theodore Twombly. Theodore trabaja en una empresa que redacta cartas íntimas y personales bajo encargo, en nombre de sus clientes, cartas que simulan ir escritas a mano. Se me ocurre pensar entonces que las personas que recurren a este método para comunicarse “honesta y sinceramente” con un ser querido no están teniendo el gran detalle para con otros que ellos creen. Pienso que solo es falsa nostalgia, cobardía, comodidad y falta de implicación. Pero claro, yo lo percibo así como espectador y quizás como romántico sin remedio. Sin embargo, los personajes de la historia, personas de ese futuro, no se lo plantean como algo criticable, ni siquiera cuestionable. Directamente, no se lo plantean. La actividad laboral que desempeña Theodore parece de lo más normal, algo igual de cotidiano que consultar tu mundo (tan prostituido y compartido de forma idéntica por todos que en realidad es “el” mundo) a través de un pinganillo, a la salida del trabajo. Una rutina vital masiva, un modus vivendi que se nos muestra en los primeros minutos de metraje y que si se mirase fríamente resultaría terrorífico. Pero esa falsa nostalgia, esa cobardía, esa comodidad y esa falta de implicación van a ser temas que el autor incluya de forma tan cálida y afinada en esta historia de amor (escrita de su puño y letra) que no solo no nos aterra, si no que nos cautiva. Nos enamora con un romance particular y atípico, como deberían serlo todos (de hecho, ¿no lo son?), una relación amorosa futurista y sin futuro, una curiosa concepción que roza lo contradictorio. Pero es que quizás sea la única manera de sostenernos en una relación, a través de la contradicción, declarándole la guerra y haciendo las paces en cada instante, imposibilidades que permitimos ocurrir y posibilidades que censuramos. Esto también parece entenderlo así Spike Jonze, al emparejar al protagonista con una compañera perfecta, para poco a poco ir desmenuzando su perfección hasta llegar a la dura realidad, empezando por un pequeño detalle: ella es un sistema operativo. Es una entidad virtual capaz de tomar identidad y conciencia propia y crecer a cada milisegundo, primero moldeada por y para el gusto de su poseedor, amigo y final e irremediablemente amado, y después influenciada y atraída por un universo sin límites, el sitio al que realmente pertenece. Se hace llamar Samantha. Le parece atractivo.

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Para superar una pérdida real y sufrida, el solitario protagonista se meterá en una relación que en principio parezca ficticia, que resulte almohadillada para no percibir ni un solo golpe más. ¿Podemos culparle? ¿Acaso no es algo frecuente, no es algo que hacemos o hemos hecho todos? Además, ella es, y “solamente” es, la voz seductora, inteligente y comprensiva de Scarlett Johansson, que en algún momento y por algún embrujo hasta nos apetecería cambiar por cualquier mujer de carne y hueso. Así que no, no podemos criticar a Theodore. Es más, no vamos a poder evitar sentirnos identificados con él, cada uno a nuestra manera, cada uno a su nivel. Al mismo tiempo, de forma objetiva podemos llegar a apreciar todos esos temas que se abordan simultáneamente y de los cuales se destila denuncia, advertencia. Un grito sordo. Hablo del tipo de comunicación que te lleva a incomunicarte, del tipo que solo precisa un individuo y un medio tecnológico. Hablo de esa confusión que nos envuelve y nos impregna como una niebla de los nuevos tiempos, resultando tan abrumadora e insoportable para el individuo como transparente y llevadera para las masas. Hablo de esa cobardía, ya anteriormente mencionada, que nos hace elegir la opción fácil y segura, sin incertidumbres, riesgos ni enfrentamientos, sin un solo cara a cara y sin necesidad de mirar a los ojos. La misma cobardía que nos hace contemplar la vida con un empate de anhelo y de freno, desde el mediovivir de nuestra moderna y acristalada caverna de Platón, la cual a veces toma en la película la forma y apariencia de un vagón de tren o de un dormitorio de rascacielos, mientras que la realidad anhelada y autorestringida siempre se nos muestra con idéntico aspecto, el de una ciudad iluminada solo en su caparazón, manteniendo oculto aquello que solo nos atrevemos a rastrear desde la distancia y que ignoramos cuando nos lo cruzamos en plena calle: lo humano. El resto de nosotros. El resto de perdidos.

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Estos planos en los que se representa una clase de soledad moderna nos retraen en cierto modo a Lost in translation, y se puede trazar más de un paralelismo de fondo entre las dos obras. No en vano, Spike Jonze y Sofia Coppola fueron pareja, y hay quien dice que esta película es en sí misma una persistente declaración del director a la directora, la respuesta del primero al canto de sirena convertido en obra de culto de la segunda. No es descabellado. Pienso en esas imágenes gemelas en las que los protagonistas de ambas cintas parecen buscarse más allá del cristal, en una ciudad desconocida e impersonal. Pienso que no es casual que la voz del sistema operativo que enamora a Theodore sea la de Scarlett Johanssen, la actriz protagonista elegida en su momento por Sofia. Pienso simplemente en el título de la película que nos ocupa y en su final. Porque en ese fantástico y enigmático final (como ya lo fuera el acontecido en aquella calle japonesa), un desenlace que unos querrán ver en negro si ya han tirado la toalla en el amor, cansados de sufrir y fracasar, y otros verán con esperanza si aún creen en el improbable encuentro entre dos ciegos que se buscan estando espalda con espalda, en ese final, como digo, se escucha una última carta redactada en off por Theodore y dirigida por primera vez a un ser querido de verdad. Va dirigida a su ex esposa, interpretada deliciosamente por Rooney Mara, la mujer que aún le ametralla con flashes del recuerdo, la que más le ha marcado, aquella que conoció cuando todavía eran unos críos. De esas palabras del protagonista se interpretan dos cosas, y bien pudieran ser sensaciones que lanza al aire el autor confiando que las atrape la persona adecuada. La primera es la sensación de pérdida, pero volvemos a lo mismo: se puede apreciar como una sensación resignada y definitiva o como un punto y aparte. Esto depende de nosotros. La segunda sensación podría resumirse así: Primer amor, háganse todos a tu imagen y semejanza.

Mientras veía Her, no solo me ha venido a la mente la obra de la hija del dios Coppola. El arte de otros muchos autores, algunos auténticos genios, han completado mi visión y mi percepción de la película.

Creo que Orwell, de haber podido verla, habría colocado un “Ministerio del amor” personal en el bolsillo de cada ciudadano de su distopía.

Creo que Jack Kirby, de haber podido verla, se habría ahorrado un montón de trazos de lápiz y en lugar de dibujar muñecas complacientes que se montan por piezas habría recurrido a un pequeño rectángulo de voz embriagadora.

Creo que Mamoru Oshii, de verla, pondría el mejor broche posible en cierta despedida, y lo haría repitiendo aquello de: “¿Y a dónde va ahora la recién nacida? La red es vasta e infinita”.

Creo que Gabriel García Márquez, de verla, la titularía de forma diferente: Del amor y otros demonios tecnológicos.

Creo que en mi caso, tras haberla visto, solo puedo recomendarla. Diría que se trata de una película casi necesaria, no solo por la mirada única, sensitiva y compleja que posa sobre el amor, también, y especialmente, por advertirnos acerca de peligrosos comportamientos y hábitos de nuestros días. Para que en un futuro no nos veamos ignorando el regalo que supondría un flyer de Her, ofrecido por una persona tan invisible ante nuestra mirada como cualquier otra, integrante de un movimiento pro-humano que intenta con desespero recordarnos lo que era el roce de otra piel, el misterio de enfrentar de cerca unos ojos marrones… Un movimiento renegado que intenta enmendar un enorme y viejo error.

Levantemos el vaso y brindemos por Her. Brindemos con amargura 641 veces, como haríamos de estar en la piel de Theodore.

Un trago que nunca termine de bajar y nunca dejemos de sentir.

A drink for Her.

Sí, eso es…, por “ella”.

Parábola Durden

P.D: Joquin Phoenix merecía otra nominación al Oscar por un papel plagado de destellos sutiles, de naturalidad y de detalles faciales que transmiten toda una gama de sentimientos y emociones, contenidos o escupidos a cámara. Porque el primer plano de su cara acapara la mitad del metraje, y no nos cansamos de observarla, de leerla y de sentirla (el poster oficial es de lo más acertado). Su actuación se aleja del histrionismo y de la descarnada, pasional y vistosa entrega a la que nos tiene acostumbrados, constatando así un nuevo y fabuloso registro. Es un grande, y aunque todos los nominados a mejor actor este año realizan trabajos sensacionales, me sobra uno y me falta él. Por otra parte, el guión original de Spike Jonze debe ganar la estatuilla esta próxima noche de domingo, sí o sí. El libreto es bueno y además no tiene competencia (puede que sea la categoría más barata en esta edición).

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P.D2: Rooney Mara sigue brillando. Tras destacar en Los hombres que no amaban a las mujeres y Efectos secundarios, lo hace en cada minuto de que dispone en Her. Pero sobre todo, lo hace en Ain’t them bodies saints, una película que llegará a los cines españoles muy pronto y que no deben perderse. Por otra parte, cabe resaltar que en Her, la maravillosa actriz forma parte de un elenco femenino no menos maravilloso: Olivia Wilde y Amy Adams, junto a una Scarlett Johansson “sonora”, completan el reparto. Cada una interpreta un perfil distinto de mujer presente en la vida de todo hombre, y sus actuaciones son dignas de los mejores elogios. Especialmente la actuación de Amy Adams, personaje que tiene algunas de las mejores líneas de diálogo.

her actrices

P.D3: La innata capacidad de seducción de Scarlett no parece tener límites. Es una entre un millón, entre diez millones. La mayoría de los hombres nos arrancaríamos el corazón y se lo ofreceríamos aún palpitante a cambio de un solo un gesto suyo, por un instante dedicado de su belleza, de su sexualidad. Por esos labios gruesos que en Match Point sueltan una bocanada de humo de lo más provocativa, por las sensuales carcajadas y los murmullos sugerentes de Her, por estos pies descalzos y delicados que surgen frente a la ciudad en Lost in translation y cuya preciosa imagen escogió el prestigioso sello norteamericano Criterion para la portada del dvd:

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Categories: Metralla creativa

2 Comments

  • ¡Hagan Sitio! dice:

    ¡Fans número 1 de “Metralla creativa”! Es un verdadero placer leerte. Pones palabras a nuestros pensamientos y lo haces taaan bien… Nos encanta. Enhorabuena por tu trabajo y… ¡larga vida a “Metralla”!

  • Parábola Durden dice:

    Hey, muchas gracias. Me alegro de que guste mi metralla. Siempre tendrán “sitio” por aquí ; )

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